Llevaban ya dos horas inmersos en el bosque. El sol no tardaría en ponerse. Cuando los chicos comenzaron a perder la esperanza de encontrar aquel temido lugar, un rayo de luz llamó su atención.
Buscaron con la mirada la procedencia de aquel destello topándose repentinamente con el Colegio. Se hallaba cubierto casi en su totalidad por hiedras y plantas trepadoras. Sin pensárselo dos veces entraron en el lugar. Tenían las piernas empapadas debido a la humedad de las plantas, pero eso no les quitó las ganas de descubrir aquel colegio del que tantos con miedo hablaban.
La puerta principal estaba derroída, dejando un gran hueco a través del cual los chicos entraron. En el suelo había multitud de desperdicios: ladrillos, cristales rotos…
–Tened cuidado– advirtió uno de los jóvenes– el techo se puede venir abajo.
El resto se rió, ignorando por completo lo que su amigo les acababa de decir.
Continuaron su expedición por el colegio abandonado, acompañados por los silbidos que se colaban por entre las ventanas que helaban la sangre.
Avanzaron, haciendo bromas, burlándose de todos aquellos que atemorizados les habían rogado que bajo ningún concepto se acercaran a aquel sitio. Sin embargo, uno de ellos, Rubén, que en un inicio se había negado en rotundo a ir, les pedía que por favor salieran de ese sitio que le incomodaba. Les repetía que tenía un mal presentimiento, a lo que ellos se limitaban a decir –Eres un cobarde, ¿qué tienes, cinco años?
Subieron al piso de arriba. Cada cosa que estaba más o menos en buen estado era destrozada sin ningún tipo de piedad. Las clases, generalmente estaban vacías, quedando solo polvo, trozos de madera o cristales. Pero cuando llegaron a la última clase que les quedaba por “inspeccionar”, la más grande de todas, descubrieron que ésta se encontraba en perfecto estado. Las estanterías plagadas de libros, los pupitres colocados a la perfección y sin una mísera mota de polvo, como si alguien los hubiese limpiado hacía poco tiempo.
El mayor de todos, Toni le llamaban, pensó que sería muy divertido dar patadas a las mesas, tirar libros por los aires mientras vociferaba… Todos le seguían el juego. Arrojaban sillas contra las ventanas de manera que éstas se rompían en miles de pedazos.
–¡Vamos Rubén!– le empujó uno– Diviértete un poco.
Pero él hizo caso omiso y se quedó contemplando la escena, impotente, sintiéndose terriblemente mal al ser espectador del sacrilegio que se estaba llevando a cabo.
–No puedo seguir viendo esto ¡Me voy!– exclamó al fin.
Se dio la vuelta, saliendo lo más rápido que pudo del cada vez más destruido colegio. Miró una última vez a sus espaldas, pidiendo perdón al lugar por lo que los otros le estaban haciendo y emprendió su camino de vuelta a casa.
Súbitamente un estruendo irrumpió en el sepulcral silencio del bosque, provocando que los pájaros que se disponían a dormir en las copas de los árboles echaran a volar. Se giró asustado, para a continuación contemplar cómo el edificio se venía abajo.
Por su mente, como una exhalación, se dibujó la imagen de sus amigos, cuyos gritos habían quedado ahogados por el monstruoso estrépito. Sin pensarlo corrió a través del bosque, de la oscuridad, con sólo una cosa clara, que nunca más, pasase lo que pasase, volvería a mirar atrás.
Qué inquietante 👏👏👏👏
ResponderEliminarYo también destrozaría el puto colegio de mis tiempos de juventud, de tener ocasión.
ResponderEliminarHola 😊
ResponderEliminarVaya por delante que me gusta la historia y la forma en la que escribes, pero... has de corregir una cosa.
La primera frase del el relato es en primera persona, y el resto es en tercera...
¿Quién cuenta la historia?
Gracias por el comentario, lo corregí hace tiempo pero me olvidé de contestar😊
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