Va perdiéndose la aurora
en mis cálidos ensueños,
la tristeza se asoma
en cada uno de mis versos.
Llora y llora la mañana
al perderse sus luceros
como el niño de la aljama
empujado al destierro.
Siempre he amado el ocaso
sus colores parturientos
tiñen mi cabello áureo
de un tinte somnoliento.
Son los días las cenizas
viene la noche a mi encuentro,
todo pasa y la vida
es un rápido aleteo.
El álamo un día erguido
ahora es solo un recuerdo,
su grandeza se ha rendido
al hálito de su tiempo.
Una libélula negra
sobrevuela mi desierto
con sus alas ella espera
que cese el rabioso viento.
La marea ha despertado
se acerca el fin certero
y la tierra ha invocado
al ardor, su sino incierto.
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