Esa mañana todo se mostraba normal. Las calles como de costumbre estaban vacías, una leve neblina acariciaba el suelo, y un viento punzante arañaba la piel como diminutos cristales.
Giré a la derecha, en la calle Olivo. Una sombra diminuta cruzó frente a mí, por un segundo se me paró el corazón, pero resultó ser un gato negro. Todos dirían que eso era un mal presagio, pero peor presagio todavía sería ver a una persona deambulando por estas calles.
Me abroché el abrigo hasta el cuello y seguí mi camino.
Tras unos largos diez minutos llegué a mi destino, el edificio Marmota, el lugar más emblemático de la ciudad debido a su inmensidad. Se veía incluso desde los pueblos colindantes a las afueras de la misma. En su momento fue un gran centro comercial que contaba no solo con tiendas, sino también con restaurantes, un cine, salas de juego… Sin embargo, ahora, en el subsuelo, estaban los pocos afortunados que no se habían visto devorados por aquello hace más de cinco meses.
–Arón– gritó Aurora desde la puerta– ¿A qué esperas? ¡Ven aquí corriendo!
Hice caso omiso a su indicación. Con la velocidad que siempre llevaba, es decir, a paso ligero, llegué hasta ella.
–Cada día que pasa eres más tozudo, amigo mío.
Fui con ella hasta donde estaban los demás. Al ser una estancia que solo contenía camas, el eco siempre estaba presente.
–¡Arón! Pensaba que habías desaparecido, como los demás…– dijo Mario bajando la cabeza.
–Pero mira que sois paranoicos– expresé– no he desaparecido ni lo haré, no perdáis el tiempo preocupándoos por trivialidades como esa.
–Trivialidades– se burló él– se me hace muy cómico que la desaparición de miles de personas la entiendas como una trivialidad. Para más inri, desafiando al sentido común, prefieres salir por ahí antes que refugiarte aquí con nosotros. Ojalá te devoren.
Aurora le dio un fuerte codazo como respuesta a tal afirmación.
–Mario, basta ya, estamos todos muy cansados para que de comienzo otra de tus disputas.
Nos dirigió una mirada cargada de rabia a ambos y volvió por donde había venido.
–Discúlpalo…
–No hay nada que disculpar– respondí– no le culpo. Tiene razón, pero simplemente no puedo… No puedo estar aquí encerrado, necesito respirar. Aquello se fue de aquí hace ya mucho tiempo, estoy seguro. ¿Crees que se puede vivir eternamente con miedo?
–Yo no pienso eso, sólo creo que es mejor prevenir que curar, no es recomendable desafiar al destino– bajó la voz– nada nos asegura que aquello no siga rondando las calles.
Coloqué con suavidad mi mano en su hombro diciendo– Siga o no, no voy a permitir que perturbe mi libertad, si quiere enfrentarse a mí que lo haga. Bien es sabido por todos que no le temo a nada y menos a aquello ¿Quién sabe? Tal vez esto no fue culpa de nadie, quizás se fueron por alguna razón y por eso desaparecieron.
Aurora rió.
–Claro, tiene lógica, todos deciden irse sin dejar rastro el mismo día, sin avisar, y con todo destrozado a su alrededor– comentó sarcásticamente– tu escepticismo puede jugarte una muy mala pasada.
No dije nada, me adentré en la estancia. A juzgar por cómo hace un rato había visto el cielo, no debía ser más de las seis de la tarde, pero casi todo el mundo estaba durmiendo.
–Arón ¿Eres tú?– oí a una voz infantil decir.
–Sí, Hugo, soy yo. ¿Acaso no te prometí que volvería?
La poca luz que se colaba en el lugar me permitió ver sus pequeños ojos melados.
–Es cierto, pero tengo miedo. Mis papás se fueron, pensaba que tú también lo habías hecho.
Se me encogió el corazón. Aquel niño me daba muchísima pena, no podía ni imaginarme qué sería despertarse con siete años y ver que toda tu familia ha desaparecido.
Dibujé con mis labios una pequeña sonrisa y dije– Huguito, tus papás volverán, créeme que lo harán.
Le acaricié la cabeza, a continuación me levanté y apretando los puños fui hacia la salida.
–¿Te vas otra vez?– inquirió Aurora, sentada en las escaleras de la entrada.– Lo que me gustaría que entendieras que quizá esta vez no vuelvas.
Bajé las escaleras, y frunciendo el ceño dirigí mi mirada hacia ella.
–Lo que no volverá será aquello, ya está bien. ¿Es que nadie se da cuenta? Esta pasividad generalizada es la culpable de que el miedo siga entre nosotros. Ha llegado la hora de ponerle fin.
Y tras decir esto, con la cabeza bien alta, me adentré en lo profundo de la niebla.
Alex Dean.
Me he quedado intrigada! ¿Habrá segunda parte? 🤔
ResponderEliminarLa inacción, en sí misma, ya es una derrota.
ResponderEliminar¡Totalmente cierto!
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