─¿Aquí otra vez?─ oí decir al camarero al verme entrar por la puerta.
─Sí, aunque me gustaría no estarlo.
Entré en lo más profundo del local en busca de mi viejo compañero de juego, Karl, un hombre que o hacía magia, o “suerte” era su segundo nombre.
─¡Mira!─ exclamó─ Si es Marcos. Pensaba que el otro día te habrías dado por vencido─ se burló.
─Si me conocieras un poco, sabrías que yo nunca me doy por vencido.
Me senté frente a él, tomé la baraja de cartas que había en el centro de la mesa y la repartí entre ambos. En su rostro asomaba una sonrisa, de esas que muestran que la victoria no es una posibilidad, sino un hecho.
─Bueno, joven. Nunca entenderé por qué sigues haciendo esto, pero no diré que me importune. ¿A quién le molesta ganarse cada noche un buen fajo de billetes?
Era cierto que en las últimas partidas él había ganado, pero no podía olvidar el éxito que me llevó a sumergirme en esto. Tenía diecisiete años, necesitaba tener cierta independencia, pero ningún trabajo parecía ir conmigo, nadie quería contratarme. Esa situación fue la que hizo que hubiera de buscar trabajos menos ortodoxos.
Un buen día entré en el bar en el que ahora estoy. No había mucha gente y las bebidas eran bastante baratas, así que no dudé en pedir un vermú. El camarero ni se molestó en preguntarme la edad, simplemente me sirvió y siguió llenando un crucigrama con total naturalidad. Pasaron unos minutos hasta que oí un silbido a mi espalda.
─Eh tú─ era un señor entrado en edad, con un pelo negro que había comenzado a ser invadido por las canas.─ ¿Quieres ganar algo de dinero?─ preguntó.
No pudo aparecer en mejor momento. Sin pensarlo dos veces me dirigí con mi copa hacia su mesa, sentándome con él.
─¿Sabes jugar a los naipes?
─Claro─ respondí. Tendría alrededor de trece años cuando aprendí a jugar con mis primos.
─Suenas muy seguro. Eso está bien.
Sacó el dinero correspondiente y yo hice lo mismo. La partida se resolvió conmigo ganando un buen fajo de billetes y volviendo a casa extasiado por una creciente sensación de euforia en el cuerpo. Aquel día pensé que habiendo ganado ese dinero, lo mejor sería no ponerlo en peligro y dejar de jugar. Sin embargo eso fue entonces. Cuando uno ha dado un mordisco a un apetitoso fruto prohibido, es cuestión de tiempo que se lance de nuevo a por él.
Volví al mismo sitio y allí estaba él, pero esta vez con un par de amigos. “─Mejor, más dinero para mí─”. pensé.
Les pregunté si podía unirme, no hubo ninguna objeción de su parte. La partida fue ganada por mí sin mayor complicación, dejando boquiabiertos a tres hombres adinerados que lo último que esperaban era verse vencidos por un adolescente ambicioso.
─Impresionante─ expresó uno de ellos dando una calada a un puro.
─Hijo, tienes un don. Si sigues así no tardarás en hacerte de oro─ dijo otro.
Su afirmación fue compartida por todos, que me invitaron al día siguiente a volver. Esta vez con el doble de dinero en juego. Tenía la más fervorosa sensación de que la victoria sería mía, así que acepté la propuesta.
Al día siguiente volví, faltaba uno de los hombres, pero eso daba igual, solo quería volver a saborear el oro. En un inicio todo marchaba sobre ruedas. Gané la partida, pero un iracundo Karl, que había visto sus ahorros hechos cenizas, me retó a otra ronda. Su penosa actitud hizo que me compadeciera de él. Se echaron de nuevo las cartas, pero esta vez una rara sensación afloró en mi interior.
Era el presagio de lo que vendría.
Perdí una y otra vez. Me convertí en un adicto que se arrastraba por conseguir ser iluminado unos segundos para, poco tiempo después, ser arrastrado nuevamente a la oscuridad.
Cada noche volvía, esperando ganar algo, pero en la mayoría de las ocasiones se zanjaba conmigo retornando a casa cabizbajo.
Y aquí estoy ahora, había pasado una semana desde que decidí no volver, pero algo en mí me empujó hasta este conocido lugar. Estaba frente a él, como tantas otras veces, pero esta, estaba solo, mi familia había descubierto que muchas joyas ya no estaban.
Poco tardaron en extorsionarme en busca de respuestas y éstas provocaron que acabase en la calle, sin nada más que una espiral que a cada partida me hundía más y más en el vacío.
Alex Dean.
Exigo por mi salud mental segunda Parte
ResponderEliminarCon respecto al comenta de arriba 👆 Yo también exijo una segunda parte.
ResponderEliminarEscribes muy bien, un saludo !
Muchísimas gracias, en serio, vuestros comentarios significan mucho ☺️💓
EliminarY pensar que aún eres joven... Te doy un consejo: guarda tus grandes proyectos para cuando estés listo. Lo único que nos falta a los adolescentes escritores es la experiencia. Explota tu talento hasta que tu experiencia esté a su nivel. Por cierto, muy buen cuento.
ResponderEliminar